El santo que enseñó a San Juan Pablo II a amar a Nuestra Señora – Parte I

Redacción – (Gaudium Press)– El Papa Juan Pablo II fue canonizado en el Domingo de la Misericordia. Providencialmente, al día siguiente, 28 de abril, la Iglesia conmemora la fiesta de San Luis María Grignon de Montfort.

La providencialidad viene del hecho que San Juan Pablo II, todavía joven, encontró al Santo francés y aprendió con él a amar a la Madre de Dios.

Con base en la Carta del Papa Juan Pablo II a las familias monfortinianas sobre la doctrina de su fundador, publicada el 8 de Diciembre de 2003, veamos lo que el Papa recién canonizado puede decir de aquel que es considerado el mayor devoto de la Virgen Santísima.

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                                                                   San Luis María Grignon de Montfort.

Un texto clásico de la espiritualidad mariana

Hace 160 años fue publicada una obra destinada a convertirse en un clásico de la espiritualidad mariana. San Luis María Grignon de Montfort compuso el Tratado sobre la verdadera devoción a la Virgen Santísima al inicio de 1700, pero el manuscrito permaneció prácticamente desconocido por más de un siglo. Cuando finalmente, casi por acaso, en 1842 fue descubierto y en 1843 fue publicado, tuvo éxito inmediato, revelándose una obra de eficiencia extraordinaria para la difusión de la “verdadera devoción” a la Virgen Santísima. Yo mismo, en los años de mi juventud, saqué grandes beneficios de la lectura de este libro, en el cual “encontré la respuesta a mis perplejidades” debidas al recelo que el culto a María, “dilatándose excesivamente, acabase por comprometer la supremacía del culto debido a Cristo” (Dom e mistério, pág. 38). Bajo la orientación sabia de San Luis María comprendí que, cuando se vive el misterio de María en Cristo, ese riesgo no subsiste. El pensamiento mariológico del Santo, de hecho, “está radicado en el Misterio trinitario y en la verdad de la Encarnación del Verbo de Dios”.

Blasón Episcopal de S. Juan Pablo II

La Iglesia, desde sus orígenes, y sobre todo en los momentos más difíciles, contempló con particular intensidad uno de los acontecimientos de la Pasión de Jesucristo, referido a San Juan: “Junto a la cruz de Jesús estaban, de pie, su madre y la hermana de su madre, María, la mujer de Cleofás, y María Magdalena. Entonces, Jesús, al ver allí de pie a su madre y el discípulo que Él amaba, dijo a la madre: “Mujer, ¡aquí tienes a tu hijo!”. Después, dijo al discípulo: “¡Aquí tienes a tu madre!”. Y, desde aquella hora, el discípulo la acogió como suya” (Jn 19, 25-27). A lo largo de su historia, el Pueblo de Dios experimentó esta donación hecha por Jesús crucificado: la donación de su Madre. María Santísima es verdaderamente nuestra Madre, que nos acompaña en nuestra peregrinación de fe, esperanza y caridad rumbo a la unión cada vez más intensa con Cristo, único salvador y mediador de la salvación (cf. Const. Lumen gentium, 60 e 62).

Como se sabe, en mi blasón episcopal, que es la ilustración simbólica del texto evangélico arriba citado, el mote Totus tuus está inspirado en la doctrina de San Luis María Grignion de Montfort (cf. Dom e mistério, págs. 38-39: Rosarium Virginis Mariae, 15). Estas dos palabras expresan la pertenencia total a Jesús por medio de María: “Tuus totus ego sum, et omnia mea tua sunt”, escribe San Luis María; y traduce: “Yo soy todo tuyo, y todo lo que es mío te pertenece, mi amable Jesús, por medio de María, tu Santa Madre” (Tratado sobre la verdadera devoción, 233). La doctrina de este Santo ejerció una profunda influencia sobre la devoción mariana de muchos fieles y sobre mi propia vida. Se trata de una doctrina vivida, de gran profundidad ascética y mística, expresada con un estilo vivo y fervoroso, que usa con frecuencia imágenes y símbolos. A partir del tiempo en que San Luis María vivió, la teología mariana con todo se desarrolló mucho, sobre todo mediante la contribución decisiva del Concilio Vaticano II. Por consiguiente, hoy, debe ser leída nuevamente e interpretada a la luz del Concilio la doctrina monfortiniana, que conserva de igual modo su substancial validez.

Con esta Carta de los escritos de San Luis María, que nos ayudan en estos momentos difíciles a alimentar nuestra confianza en la meditación de la Madre del Señor.

Ad Iesum per Mariam

San Luis María propone con singular eficiencia la contemplación amorosa del misterio de la Encarnación. La verdadera devoción mariana es cristocéntrica. Con efecto, como recordó el Concilio Vaticano II, “la Iglesia, meditando piadosamente en la Virgen, y contemplándola a la luz del Verbo hecho hombre, penetra más profundamente, llena de respeto, en el insondable misterio de la Encarnación” (Const. Lumen gentium, 65).

El amor de Dios mediante la unión a Jesucristo es la finalidad de cualquier devoción auténtica, porque como escribe San Luis María, Cristo “es nuestro único maestro y debe instruirnos, nuestro único Señor del cual debemos depender, nuestra única Cabeza a la cual debemos permanecer unidos, nuestro único modelo con el cual debemos conformarnos, nuestro único médico que nos debe curar, nuestro único pastor que nos debe alimentar, nuestro único camino que nos debe vivificar y nuestro único todo, en todas las cosas, que nos debe satisfacer” (Tratado sobre la verdadera devoción, 61).La devoción a la Santa Virgen es un medio privilegiado “para encontrar a Jesucristo, para amarlo con ternura y para servirlo con fidelidad” (Tratado sobre la verdadera devoción, 62). Este deseo central de “amar con ternura” es inmediatamente dilatado en una fervorosa oración a Jesús, pidiendo la gracia de participar en la indecible comunión de amor que existe entre Él y su Madre. La relatividad total de María a Cristo, y, en Él, a la Santísima Trinidad, es antes que nada experimentada en la observación: “Todas las veces que piensas en María, María alaba y honra contigo a Dios. María es toda relativa a Dios, y yo la llamaría muy bien la relación de Dios, que existe únicamente en relación a Dios, el eco de Dios, que no dice y no repite a no ser Dios. Si dices María, ella repite Dios. Santa Isabel alabó a María y la proclamó bienaventurada porque creyó. María el eco fiel de Dios entonó: Magnificat anima mea Dominum: mi alma alaba al Señor. Aquello que María hizo en aquella ocasión, lo repite todos los días. Cuando es alabada, amada, honrada o recibe algo, Dios es alabado, Dios es amado, Dios recibe de las manos de María y en María” (Tratado sobre la verdadera devoción, 225).

Mañana la segunda parte de este artículo…

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